Vivir de par en par



He descubierto que vivo con las puertas abiertas, de par en par. Pero no siempre fue así.

Los cerrojos se inventaron para resguardarse, para tener intimidad o crear un refugio, para ocultarse de las miradas de los demás, para separarnos del resto, para esconder. Detrás de una puerta cerrada nadie nos ve. Es un artilugio genial si sólo deseamos mostrar la parte que nos gusta que el mundo conozca. Sólo esa.

Hubo un tiempo en el que alguna parte de mi vida siempre estaba tras uno de ellos. Oculta, protegiéndome o escondiéndome. Hubo un tiempo de cerrojos, al que no quiero volver. Y no es porque ahora ya no tenga nada feo que mostrar, es que ahora, ni me importa, ni me molesta.



La vida de par en par es la vida sin cerraduras, la vida libre, la vida transparente, la que se vive por los cuatro costados. Es poder decir y hacer a voluntad. Es contarle tus miedos a tu hijo sin temor a que te vea vulnerable. Es indagar en los fantasmas de la mano de tu pareja. Es mirar a los ojos y no fingir. Y no es mejor ni peor, es la de cada uno. Sin cerrar. Sin cerrarse. Sin miedo a mostrarse. 

Será la edad, el amor, las decisiones tomadas, el cansancio acumulado, la estupidez que me aburre, ... será que un día elegí otro camino, el mío, donde ya no veo a los demás como a espectadores de mi vida, sino como protagonistas de su propia historia. Es ahí cuando entiendes lo que de verdad importa. 

Abrí un ventanal, y me despeiné. Eso hizo que soltara lastre. Y me gustó. Seguí abriendo ventanas, puertas, derribando tabiques, los emocionales primero, los del miedo después,   los de las inseguridad se me resisten un poco, pero ya no tienen llave, se muestran, se pueden tocar, incluso los he puesto nombre ...

Y es hermoso. Contemplarme en un espejo, recién levantada, sin maquillar, despeinada, sí, con imperfecciones y arrugas, con esos kilos de más que es exceso de calma, con un saco de vida a cuestas que ya no pesa, con pérdidas y ganancias, con interrogantes, sí ... pero es que todo esto, lo he elegido yo. 

Y es una sensación maravillosa el día que empiezas a mirarte y verte bonita con todo ese catálogo de inseguridades y taras, que no lo son, que son tus marcas, las que te hacen único y real. Lo que te diferencia de los demás. Lo que al final gusta, atrae o repele al resto. Es así, es selección natural. Es lo más parecido a flotar. Y entonces, te da igual el escaparate, tú vives feliz en la trastienda. Y sonríes cuando recuerdas que un día tú también tenias la vida encadenada. Y no te importa, ya no, que tu felicidad no siempre sea bienvenida. Y no te molesta, ya no, que no te comprendan. Y no te preocupa, ya no, que la gente te vea en bragas caminando por tu mundo. Y no te sorprende, ya no, que ahora llores de felicidad más que por dolor.

Vivo con las puertas abiertas. Para lo bueno y para lo malo. Vivo de par en par. Con el corazón al descubierto, con mi verdad tatuada en la frente, con todas esas dudas y taras de las que tanto hablo. Y vivo en paz. Es gratificante no tener que auto censurarse cada mañana, pensar qué, cómo y cuándo voy a decir esto o aquello. Es ganar en salud no ser el más duro crítico de tu propia vida. Es divertido mirarte a un espejo y empezar saludando a tus patas de gallo o a tus canas. Y lo divertido, es vida.


Y esto no es un manual de auto ayuda, ni un ejemplo de vida, ni nada medianamente parecido a un consejo, es mi manera de verme, la que me impulsa a escribir de nuevo, la que me está ayudando a hacerme mayor. No es la mejor, es la mía. 

...


Pd. La foto me la ha hecho mi chico, en un río, solos, desnuda, libre, feliz. En un momento en el que no me importaba tener una herida en el labio o esos kilos de más. Un día en el que nos mostramos tan transparentes que creí volar. En un momento en el que me di cuenta, justo ahí, de que hace tiempo que tiré la última llave del último candado. Y lo quería contar, porque no me importa contarlo.



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