Te quiero en luna creciente




​Se acabará este otoño y tendré que esperar tres estaciones hasta volver a sentirme como en casa. Recogerán las hojas del suelo, se volarán, se desharán entre los dedos, se olvidarán, como todo lo que deja de sorprendernos. Y nadie recordará que un día comenzaron a cambiar los colores en las copas de los árboles y que entonces todos empezamos a hacer fotos y a mirar hacia arriba. No nos sorprenderá ya el sonido de las hojas secas al pisarlas, ni el horizonte de colores como un arco iris otoñal. 

Todo se pasa, todo termina por volverse costumbre y normalizarse. 

Y yo, que ya temo que el otoño llegue a su fin, te miro y pienso, ¡qué suerte he tenido!, que según pasan las estaciones a tu lado, menos me acostumbro a tenerte y más quiero conquistarte. 

Creo que debí empezar a amarte en luna creciente. Y ese amor aumenta con cada estación del año.







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La sequía


Se me secó el lagrimal de tanto usarlo. 
Se me secaron las ganas y se me cansó la paciencia de tanto intentarlo. 
Y entonces, dejando que la vida siguiera su curso natural, 
como hacen los ríos, todo volvió a su cauce 
y ahora la sequía emocional ya no vive en mi terreno. 

Vuelvo a llorar y a regarme de vida. Se acabó la sequía.











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Yo no sé si lo haría, pero tú sí.



Yo no sé si lo haría, pero tú sí.
Así se te puede definir. 

Tú siempre lo haces.  Da igual donde estés, la hora que sea, lo que tengas que hacer. Lo haces. 
Y lo haces por los demás, porque sí, con una generosidad que pocas veces he conocido. 

Si las penas son grandes, eres el apoyo continuo y el pañuelo de lágrimas a la hora que sea. 
Si la felicidad es plena, lo celebras con una alegría sincera que contagia y multiplica la propia.

Así eres. Así te conocí y así te quiero.

Ahora mismo, pensar que, pase lo que pase, tú siempre estarás es un regalo de vida en los tiempos que corren y visto lo visto. Si tuviera que desear algo precioso a alguien, le desearía que te tuviera en su vida. 

Sí, eres lo más bonito del mundo. Y eres paz y risas y ganas de liarla, y la "sin vergüenza" más bonita que conozco. FELICIDADES. 

Te quiero.

Firmado: Pepa Horse








Esta sonrisa es oro.


¿En qué momento dejamos de ser niños?








¿En qué momento dejamos de pisar los charcos sin botas de agua, de comer con las manos o de pintar en las paredes? Y, si dejamos de hacerlo, ¿fue porque ya no nos llena o por el miedo a resfriarnos, a llenarnos de microbios, o por si alguien nos regaña?

Yo ahora, como adulto, fantaseo con un día de lluvia y con calarme hasta los huesos. Con que me traigas el desayuno a la cama y mancharnos la nariz con mermelada de mora. 

Miro mis pinceles y siento que tienen alas. ¿Y yo, yo las tengo?

Yo hoy estoy con los pies al borde de una piscina sin agua, pensando si debo saltar al vacío. Entonces lo sabré.


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La fragilidad de los días insomnes




Los días insomnes tienen un color diferente, algo parecido a un amanecer tímido en un día nublado, sin fuerza ni contraste. Se diferencian del resto de días por su fragilidad. Cualquier nota más alta, un sonido brusco, una palabra mal dicha o una torpeza insignificante pueden quebrarte ... y es tan difícil recobrar el equilibrio en estos días casi grises ...

En estos días selecciono las palabras que revuelven mi cabeza y trato de contenerlas. Leo más, me alío con la manta del sofá, miro por la ventana y suspiro más de lo permitido. 

Los días insomnes son para mimarlos y mimarse.

Los días insomnes tienen una delicadeza que a mí me parece visualmente mágica. Y frágil.






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El instante

¿Y si resulta que sólo estamos de paso?

Tanto preocuparnos por lo que no hicimos, lo que nos salió mal, tantas vueltas a aquel desamor, tantas horas perdidas en lamentos y en reproches por un pasado que creímos que era nuestro. 

¿Y si resulta que sólo es un instante?

Miedo a no llegar, miedo a quedarnos a mitad de camino. Dudas. Los horizontes nos acercan o alejan de lo que creemos que está por llegar. 

Construimos castillos en el aire, para que no echen raíces. Porque entonces tendríamos que regarlos y nos recordarían que están, que son. Y ese ser y estar es hoy, es ya.

¿Y si resulta que el instante es ahora?

Perdemos tanto tiempo lamentando o celebrando el pasado e imaginando o temiendo el futuro que nos estamos olvidando del ahora. Y ese momento está en la piel, en la mirada que se cruza ahora mismo con la tuya, en ese abrazo que solo cuesta alargar el brazo para darlo, en apagar el móvil y ver una peli a medias, está en la siesta, en la cena, en un orgasmo a media noche, en un paseo en coche, en ese libro que espera en la mesilla, en colarse en su ducha, en pedir perdón, en cerrar los ojos y escuchar la música sin prisa, está en ti, en él.

¿Y si resulta que se nos pasa el instante y no nos dimos cuenta?










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Malabares




¿Cuándo fue la última vez que te permitiste hacer malabares con tu vida?

.. dale al play ...




Y no hablo de soñar desde la comodidad de tu sofá con una vida más salvaje, con aventuras y un cambio en tu rutina. Hablo de girar la bola del mundo de tu propio mundo. 

¿Cuándo fue la última vez que dejaste que el corazón se te subiera a la cabeza?

Observar mientras el mundo gira te ofrece unas vistas únicas, sí. Pero girar a la vez que el mundo te da las riendas de tu verdadera vida. La que se queda dentro, la que sientes cuando un día, en mitad de un concierto cierras los ojos y sientes una mano en tu cuello y piensas ... "es real, ya no es parte de un deseo o fantasía". La vida que se siente cuando relees un libro y recuperas una frase subrayada y asientes feliz ... "sí, yo también lo hice".



El mundo gira, y ese giro produce vértigo. Y cada mañana tienes la opción de subirte a esa noria que es la vida o contemplarla desde un banco del parque. Las dos opciones son buenas, pero sólo una te revuelve el pelo. 


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